Así se expresa, condensadamente, toda la crudeza de la humillación de
Cristo. Si tales frases fuesen las últimas de la Biblia, el
cristianismo sería un enigma nebuloso.
El final del ministerio de Jesús podría interpretarse como
una tragedia desconsoladora, como el derrumbe de un cúmulo de esperanzas
gloriosas. Y como un misterio torturador. ¿Habría de morir Cristo como
un vulgar malhechor?
La carrera del Maestro admirado, santo, obrador de milagros,
compasivo, revelador del Padre, dominador de las fuerzas demoníacas,
anunciador y promotor del Reino de Dios ¿había de morir como un vulgar
malhechor? Su grandeza indiscutible ¿había de concluir en la oscuridad
fría de un sepulcro? El que había salvado a otros de la muerte ¿no podía
salvarse a sí mismo? Las fuerzas del Reino ¿no podían acabar con todos
los poderes enemigos? La fe y las esperanzas de los discípulos ¿habían
de concluir en el más cruel de los desengaños? ¡Cuánta amargura rezuman
las palabras de los discípulos de Emaús cuando regresaban de Jerusalén a
su aldea: «Nosotros esperábamos que él sería el que redimiera a Israel» (Lc. 24:21)